martes, 20 de agosto de 2013

CLARABOYA de José Saramago

“La vida está dentro de una cortina, riéndose a carcajadas de nuestro esfuerzo por conocerla”.
“La felicidad participa de la naturaleza del caracol, se retrae cuando lo tocan”.
“La vida sin amor no es vida, es un estercolero, es una ciénaga”.
Imposible negarse a la lectura de la primera obra de Saramago, novela que no fue publicada por temores de una editorial que le negó la vida durante 47 años. Cuando su autor, el Premio Nobel de Literatura 1998, la recuperó mucho tiempo después, la guardó sin ánimos de sacarla a la luz mientras viviera. Y tuvo que morir para llegar a nuestras manos esta valiosa historia contada tras largas jornadas de trabajo de un autor desconocido, que temía hablar en público pues tartamudeaba y prefería encerrarse en su mundo interior para observar y analizar todo lo que lo rodeaba. Vale la pena mencionar que pasaron 20 años para que volviera a publicar una novela e iniciar su largo y valioso camino en la literatura del siglo XX. Claraboya es pues, el ingreso temeroso a ese mundo cargado de soledad y de silencio, pero también de sensibilidad y de sabiduría que colman las obras de Saramago.
Una historia encerrada en un edificio de Lisboa donde habitan familias humildes de diferente composición es la esencia de esta novela. Todos luchan por la subsistencia y todos deben asumir los retos de la vida con dificultad, llegando incluso al abandono y a la desesperación. Sin embargo, resulta fácil traspasar esa claraboya que da acceso a este mundo que nos describe Saramago. Vemos allí al zapatero Silvestre y su esposa Mariana, una pareja de 30 años de casados que se aman tiernamente y dan albergue a Abel quien llega a ocupar uno de los cuartos de su casa y quien se convierte en un buen amigo y confidente. Adriana e Isaura, ya mayores, son las hijas y sobrinas de Cándida y Amelia quienes se ocupan de las tareas domésticas y de dilucidar lo que pasa en la relación de las personas a su cargo. Justina –mujer flaca y sin atractivos- y Caetano Cunha –bravucón y grosero- que trabaja de noche en el periódico conforman un matrimonio que se odia y evitan cruzarse palabra hasta que descubren una manera de relacionarse. Lidia, una mujer sola y atractiva, interesada en ganarse la vida brindando placer a Paulino Morais. Doña Carmen y Emilio Fonseca, unidos solamente por su hijo Enrique, se soportan con dificultad y solo esperan el día en que cada uno pueda sanar sus nostalgias. Anselmo y Rosalía, padres de Claudia –una hermosa joven que necesita trabajar para ayudar en la supervivencia de la familia- viven sólo para su hija y en ella depositan toda su seguridad.

Seis familias que sobreviven en un infierno que las hace cómplices de las vivencias de los otros y las obliga a juzgar las apariencias sin piedad. Con una mirada insensible, Saramago pasa de casa en casa y por cada uno de los personajes explorando sus rutinas diarias cargadas de pobreza y cobardía, y mostrando sus pequeñas ilusiones en un intento por rescatar su dignidad. Destaca también el trato dado a las mujeres, en el que predomina la humillación, la censura y la negación de sus capacidades. Son todos personajes reales, atrapados en sus propias vidas y reflejados con una narrativa cuidadosa, de ritmo firme y absorbente. LVV


Un libro “perdido y hallado en el tiempo” como lo asegura Pilar del Río, viuda y traductora de Saramago.
Un libro que causó dolor a su autor “por la humillación de no haber recibido nunca una respuesta”.

Un libro que tiene más valor cuando se lee su dedicatoria, a su abuelo Jerónimo Hilário, el hombre más sabio que conoció, aunque no sabía leer ni escribir.

viernes, 26 de julio de 2013

DÉBORA ARANGO


El gran tema del arte en Colombia es la violencia y duele saber que de eso se alimenta, aunque nuestros artistas suelen nombrar el conflicto como una metáfora y hacer de él una catarsis que repara y sana. Lejos está la premisa de hacer el arte por el arte. A ellos les cuesta desligarse de la realidad, de lo que tienen cerca que está manchado de sangre, sufrimiento y dolor. Buscan entonces la manera de hacer el duelo, lamentar lo perdido y encontrar espacios para mirar el mundo con otros ojos. 
 

Y a eso llegó la pintora antioqueña DÉBORA ARANGO (1907-2005), de tendencia expresionista, que fue criticada por la sociedad del siglo pasado que la condenó al ostracismo y solo fue reconocida en la década de los años 80. Se dice que esta pintora rebelde y audaz mostró la realidad sin velos, de manera cruda y descarnada. Los políticos, la iglesia y los militares colombianos no se salvaron de sus fuertes críticas a través de la pintura, y sus desnudos fueron escandalosamente censurados, más aún al verlos firmados por un nombre de mujer. En sus obras hizo una denuncia al trato dado a la mujer carente de derechos y de posibilidades de elegir y ser elegida, como también reflejó la situación social del momento que le tocó vivir. No temió alejarse de lo estético y sus personajes como prostitutas, monjas y obreros tienen una representación caricaturesca que va más allá de lo físico hasta buscar lo más descarnado de la cotidianidad. Por fortuna, toda su producción finalmente vio la luz y se le reconoció su valor como un Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional. Débora nos dejó un legado de autenticidad, coherencia y compromiso social. LVV


"Yo concibo el arte como una interpretación de la realidad y es esto lo que me posibilita el llegar, a través de él, a la verdad de las cosas: sacar a flote lo oculto, lo falso, lo que no se puede manifestar abiertamente».

“La vida, con toda su fuerza admirable, no puede apreciarse jamás entre la hipocresía y entre el ocultamiento de las altas capas sociales: por eso mis temas son duros, acres, casi bárbaros; por eso desconciertan a las personas  que quieren hacer de la vida y de la naturaleza lo que en realidad no son...". 
 
“Yo pinté la ausencia: la ausencia de amor, la ausencia de desnudez, la ausencia de complicidad, la ausencia de vida, la ausencia de ternura, la ausencia de justicia”.
 
 "Yo fui pintando lo que fui viendo".
 

sábado, 8 de junio de 2013

MEMORIA POR CORRESPONDENCIA de Emma Reyes

A ti te parecerá extraño que yo pueda contarte en detalle y con tanta precisión los acontecimientos de esa época tan lejana. Yo pienso como tú, que un niño de cinco años que lleva una vida normal no podría reproducir con esa fidelidad su infancia. Nosotras, tanto Helena como yo, la recordamos como si fuera hoy y la razón no te la puedo explicar. Nada se nos escapaba, ni los gestos, ni las  palabras, ni los ruidos, ni los colores, todo era ya claro para nosotras”. 


Emma Reyes "Rostro" (detalles, 1958).

Realmente Memoria por correspondencia toca el corazón con cada una de sus veintitrés cartas en las que con un lenguaje sencillo, su autora Emma Reyes, nos cuenta sus primeros años de vida. Y resulta conmovedora su lectura por el contenido de sus vivencias  cargadas de dolor, miseria, hambre, abandono y desprecio. Sin embargo, no están hechas con el ánimo de conmover sino de mostrar cuánto puede soportar una persona las ignominias de la vida, cuánto valor se puede tener para enfrentarlas y cuánta memoria para retenerlas sin dejar pasar el más mínimo detalle. 
 
“… Se acercó a la grande puerta y puso primero el canasto y luego el Niño bien arrimado contra la puerta y cuando empezó a cubrirle la cabecita con la cobija me di cuenta que habíamos ido para abandonarlo; quise gritar y no pude, las piernas me temblaban, como un resorte salté en dirección de la puerta. Betzabé me alcanzó a agarrar de una pierna, yo me tiré al suelo y empecé a dar golpes con la cabeza contra la tierra, sentí que me ahogaba, Betzabé se esforzaba por alzarme pero yo me agarraba a las plantas y me contorsionaba como una lombriz. Casi al oído me suplicaba levantarme, no hace ruido y correr antes de que alguien se despertara; yo seguía amarrada a las plantas y con la cara pegada a la tierra, creo que ese momento aprendí de un solo golpe lo que es injusticia y que un niño de cuatro años puede ya sentir el deseo de no querer vivir más y ambicionar ser devorado por las entrañas de la tierra. Ese día quedará sin duda como el más cruel de mi existencia”.                                                                                    
“Tenemos que salvar sus almas.
Las dos superioras siguieron discutiendo sobre la importancia de salvar nuestras almas. 
Cuando sonó una campana, nos dijo de besar las manos de la Superiora y saludarlas. 
La vieja y la joven nos hicieron cruces, las dos agacharon la cabeza y salieron sin decir nada.
Sentimos de nuevo el ruido de las llaves y de las cadenas; cuando la puerta se abrió
entró un rayo de sol en el salón, en el piso se veía la sombra de las dos monjas que se alejaban.
 La puerta se cerró detrás de ellas y a nosotros nos separó del mundo por casi quince años”.

Con su voz de persona mayor va a sus tres o cuatro años y desde allí trae los recuerdos más lejanos de su infancia con su hermana Helena, el  pequeño llamado “Piojo” y la señora María, a quien describe como dura y severa, cargada de pelo sobre su rostro que sólo producía miedo. Con ellos inicia un largo camino lleno de innumerables dificultades que la va dejando cada vez más sola y abandonada, hasta terminar en un convento con Helena en los largos años de su infancia y adolescencia.  De Bogotá a Guateque, de Guateque a Bogotá, de Bogotá a Fusagasugá, y de allí de un convento a otro es el recorrido doloroso de esta niña que apenas conoció su verdadero nombre un tiempo después de llegar al convento. Se le llamó "Nené", "la nueva", "sucia", "china cochina", "hija del pecado", "india salvaje", "bizca", y al ser llamada Emmma se sorprende como también lo hace cuando oye hablar de Dios y de la Virgen, del cielo y del infierno, del diablo y de múltiples creaciones de la iglesia católica, totalmente desconocidas para ella.  Todo esto acompañado de tareas y castigos que le dieron a esta época un matiz tan oscuro que fue imposible borrar las huellas dolorosas de su primera infancia. Sus cortas alegrías y pequeñas sorpresas relatadas de manera jocosa pesaron poco frente al dechado de humillaciones que recibió en nombre de una comunidad religiosa de la provincia colombiana.  Aprendió a bordar con excelente desempeño, aunque al terminar su relato no sabía aún leer ni escribir. En cambio, ya sabía cómo burlar las ofensas recibidas y de alguna manera cómo enfrentar los retos de la vida.

Cantidad de recuerdos llenan las páginas de este libro -escrito a modo de cartas para el amigo y confidente Germán Arciniegas entre 1969 y 1997-  que fue imposible soltarlo de mis manos en menos de dos días. Sorprende la sinceridad de sus palabras, la intimidad de su relato y el hecho de contar su historia con una fuerza narrativa que atrapa y deja un sorprendente apego en sus lectores.  LVV   

lunes, 27 de mayo de 2013

MEMORIAS DE UN SINVERGÜENZA DE SIETE SUELAS de Ángela Becerra

“Vale la pena haber amado aunque sea solo una vez en la vida”.
 
“El amor es algo espontáneo que nace del fondo del ser y no obedece a ninguna estrategia”.

Resulta tentador asistir a nuestro propio funeral y ser conscientes de las vivencias y reacciones de cada uno de los asistentes ante nuestro deceso. Seguramente encontraremos seres acongojados por nuestra ausencia, otros participarán de una ceremonia a la que se llega  por compromiso social, y  también habrá quienes puedan disfrutarla porque significa un cambio en sus vidas que favorece sus intereses. Esto sucede en el libro Memorias de un sinvergüenza de siete suelas narrado por Angela Becerrra quien le da la palabra a tres personas en diferentes momentos. Una es Francisco, el protagonista de la historia, un hombre que salió de la pobreza extrema hasta llegar a conquistar la esfera más encumbrada; él muere, y ve pasar frente a su féretro innumerables personajes de toda clase y condición social, que llegan allí buscando al amigo fallecido o al enemigo que supo burlarse de ellos y necesitan pedirle cuentas. Las otras dos son mujeres que representaron un papel cercano en la vida de Francisco: Morgana su esposa rencorosa y vengativa, con quien ha tenido siete hijos y disfruta de su estado porque la ha hecho completamente infeliz; y Alma, su cuñada y primer y único amor que lo llora desconsolada, atreviéndose a desprender el velo de las apariencias sociales. Todo esto sucede en Sevilla, en el seno de una familia distinguida con fuerte protagonismo social y múltiples pecados que enmascara el dinero y la fama.

“Del odio se aprende mucho y rápido, quizás mucho más que del amor. Es un tipo de sentimiento que no puedes compartir con nadie por considerársele algo oscuro y rastrero que se adentra en el mundo de las bajas pasiones”.
 “No existe edad para la soledad. Es una bestia que ataca en cualquier momento”.
Una muestra del típico donjuanismo, de esa adicción a la seducción compulsiva que todavía hace mella en la sociedad del siglo XXI, muy propia de la cultura latina. Un seductor de mujeres, cínico, tramposo, embaucador, corruptor de políticos, conquistador de títulos y negocios, escalador de posiciones, manipulador de sentimientos, un sinvergüenza se siete suelas es el personaje central cargado de amor, odio, traición y seducción. Rompe con los límites del comportamiento humano y muestra marcados contrastes que van desde la máxima frustración hasta el máximo odio y erotismo. Cuesta entender su amor desmedido por Alma, aquella niña que conoció en su infancia y no ha podido olvidar, ni siquiera ahora cuando lo aterriza su repentina muerte, poniéndolo frente a su pasado.  A la vez, ella lo sorprende regalándole sus lágrimas y su tristeza. Un contraste fuerte en esta novela marcada por la agilidad y el humor.
Una obra que intenta darle un toque de realismo mágico, tan propio de la narrativa hispanoamericana del siglo pasado, pero resulta artificioso ese intento. Los pavos reales que utiliza como prueba de las multiples conquistas de su protagonista aparecen de una manera forzada y no logran impactar con su presencia, como tampoco producir el efecto demoledor en la vida de Francisco cuando eran sacrificados por Morgana. Por fortuna, puede sobrevivir la novela sin ellos. Sí, en cambio, muy valiosa la habilidad narrativa de la autora, esa capacidad de hacer el relato en tres personas, de hablar como un hombre, y de divertir en esa carrera loca de 81 capítulos y 453 páginas. LVV
“No hace falta morirse para saber que uno nace solo y muere solo. El acto de la muerte es un acto tan solitario… sin duda el más solitario de nuestra existencia”. 

domingo, 26 de mayo de 2013

LO QUE NO TIENE NOMBRE de Piedad Bonnett

“El dolor se apacigua al ser compartido con otros”
Parece comprensible la búsqueda de un desahogo diferente al de las lágrimas, y es a través de las palabras.  Son ellas el instrumento útil para abrir y cerrar las heridas, para atrapar en la memoria las vivencias de los seres ausentes, para retenerlos con una expresión móvil llena de recuerdos que no mueren. Así duela, así su autora, la escritora colombiana Piedad Bonnett, una madre valiente y generosa, se acerque a ese estado desconocido para muchos que raya con el delirio y la desesperación. Lo hace a la manera de un segundo parto, como ella misma lo dice, con dolor –un inconmensurable dolor-, pero también con satisfacción porque permite el cambio de la relación de su hijo con el mundo. Una manera especial de ayudarlo a encontrar la paz que no tuvo durante los últimos años de su vida, a pesar de que “Daniel no saltó, sino que voló en busca de su única posible libertad”.
Quizás resulte más fácil captar su dolor cuando se tiene un hijo de la misma edad que también está lejos del país buscando su crecimiento intelectual, cuando nos separan dos o tres años de vida, y cuando se es mujer y se está cerca de la literatura (en mi caso como lectora). Y no fue fácil. En tres tiempos abordé su lectura para poder digerir esta historia que conmueve y nos acerca a una realidad que parece lejana, pero que sentimos cerca por la sinceridad y el corazón de madre plasmados en cada una de sus páginas. Difícil para la escritora aceptar la enfermedad de su hijo, y más difícil aún su muerte que llega como una ráfaga asesina asestando el más duro golpe jamás vivido.
“¡Cómo iba a morirse alguien que estaba tan vivo!
¡Cómo iba a morirse él, que adoraba a Nueva York, y el parque con el sol y los conciertos y las mujeres bonitas!” 

Era necesario revivir los momentos cargados de gloria y de desesperación de un hijo inteligente, reflexivo, con sentido crítico, creativo, dedicado a su arte y a sus estudios, a esa lucha por un futuro digno, acorde a sus ideales. 

Era necesario rescatar los sentimientos de madre que conoce y confía en las capacidades de su hijo y espera el día en que sus sueños levanten vuelo porque han conquistado lo que tanto han luchado.
Era necesario auscultar en el mal de Daniel y llamar por su nombre a una enfermedad que a pesar de los avances de la ciencia choca aún en la mente de los especialistas, incapaces de acercarse a ella de manera adecuada.
Era necesario “lidiar con las palabras para tratar de bucear en el fondo de su mente, de sacudir el agua empozada buscando, no la verdad que no existe, sino que los rostros que tuvo en vida aparezcan en los reflejos vacilantes de la oscura superficie”.
Era necesario acercarse a su dolor y tratar de exorcizar el fantasma de su soledad y de la incomprensión de “esta tragedia brutal, intempestiva y aparentemente absurda”.
Era necesario finalmente levantar ese fantasma para dialogar con él e intentar darle un nombre, aunque no lo consiga. LVV

http://www.semana.com/cultura/articulo/vivir-duelo/336873-3

miércoles, 15 de mayo de 2013

EL LIBRO DE MI MADRE de Albert Cohen


"Amor de mi madre, nunca más. Yace en su cuna definitiva, la bienhechora, la dulce pródiga. Nunca más estará aquí para reñirme si me imagino cosas. Nunca más para alimentarme, para darme la vida, para darme a luz cada día. Nunca más para hacerme compañía mientras me afeito o mientras como, vigilándome, pasiva pero atenta centinela, intentando adivinar si de veras me gustan esos rombos de nuez que me ha preparado. Nunca más me dirás que no coma tan aprisa. Me encantaba que me tratase como a un niño".
 
 
 Dos personas tocaron las páginas de este libro e incursionaron en su lectura, mientras mis ojos y mi mente, lograban pegarlo a mis manos. No fue fácil. Los comentarios previos de quienes se acercaron a él, no fueron muy complacientes. Mi sobrina, de 17 años, lo rechazó una vez terminada la segunda página con el argumento de encontrar molesto el relato sobre una madre muerta. Igualmente, mi amiga, de 62 años, lo soportó unas horas mientras me esperaba en una cita, pero le fastidió demasiado el tema repetitivo de la ausencia de la madre, y el no poder avanzar en su lectura. En cambio yo lo terminé. Triste, muy triste el relato. Pesado, muy lentos los acontecimientos. Sin embargo, pude descubrir la razón de este dolor. El dolor de un hijo por la muerte de su madre, un dolor que sabe a pesadumbre y arrepentimiento, un dolor que se prolonga por la desdicha de su ausencia.

Imposible recuperar a su madre y rehacer con ella los momentos que la tuvo cerca. Imposible también manifestarle su amor y abrir las puertas a una relación que careció de completa entrega. Nada podrá regresarla a la vida. Ni la entrega desmedida de ella a la maternidad, esa locura de afecto que siempre regaló a su hijo, sin importarle sus desplantes. Así la espere tras la puerta, ya no aparecerá, ni será su sombra para guardar todas sus locuras y debilidades. Siempre sabrá que no fue sincero en su amor a ella, que muchas veces acudió a sus llamados por obligación y retardó sus encuentros por otras citas más tentadoras. Infancia y juventud son perdonados. ¿Y qué decir cuándo se hizo grande y de nuevo falló? Entonces, vale la pena este relato, a modo de reivindicación. Como también es válido el incursionar en este tipo de literatura florida y casi barroca como la que nos presenta Cohen. LVV
"¿Quién duerme?, pregunta mi pluma.
 ¿Quién duerme, sino mi madre eternamente, quién duerme sino mi madre que es mi dolor?"


martes, 23 de abril de 2013

LEER PARA VIVIR

Leer para vivir

La literatura es un mundo que nos permite volar, entender la historia, las artes, la vida. Un universo en el que podemos aprender, divertirnos, soñar y sentirnos menos solos. Seguramente si descontáramos de nuestro bagaje emocional e intelectual todos los libros que hemos leídos, seríamos mucho menos nosotros mismos. Se nos restarían muchos años y sensaciones. Y es que la lectura es mucho más que un pasatiempo, es una forma de acercarte al mundo y de comprenderlo. Quienes leemos sabemos que aquello que nos permiten los libros no podemos obtenerlo de ningún otro modo.
 
“Leer para vivir” porque los libros son esos compañeros perennes que siempre estarán ahí junto a nosotros; porque una vez leídos, se vienen con nosotros, a vivir nuestra existencia.

viernes, 19 de abril de 2013

EL OLVIDO QUE SEREMOS de Héctor Abad Faciolince

“La memoria es un espejo opaco y vuelto añicos, o, mejor dicho, está hecha de intemporales conchas de recuerdos desperdigados sobre una playa de olvidos”.
 
 
“Cuando uno lleva por dentro una tristeza sin límites, morirse ya no es grave”.
“Siempre me ha parecido que los despiadados carecen de imaginación literaria –esa capacidad que nos dan las grandes novelas de meternos en la piel de otros-, y son incapaces de ver que la vida da muchas vueltas y que el lugar del otro, en un momento dado, lo podríamos estar ocupando nosotros: en dolor, pobreza, opresión, injusticia, tortura”.

Tarea difícil la de luchar contra el olvido. Un olvido que se justifica por la calidad de seres finitos que somos, la clara realidad de que estamos condenados a morir. Y morir significa desaparecer y ser olvidado. Sin embargo, en este caso, la vida ha sido capaz de triunfar y de vencer los odios ante la desaparición violenta de un padre grande y de un colombiano valiente que entregó su vida por un país que no se cansa de soñar con la paz. Es la tarea de este “memorial de agravios” que nos toca el alma y ayuda a grabar en la memoria  una historia que continúa repitiéndose, pues no ha llegado a su fin.

Hector Abad Faciolince nos permite entrar en su vida y en la de su familia, en su pensamiento y en su corazón, en su presente y en su pasado. Nos regala los mejores recuerdos de su vida familiar, que seguramente muchos  pudimos compartir con el mayor afecto y rememorar momentos de nuestra infancia y adolescencia en el seno de un hogar donde también existió un padre grande y generoso, una madre fuerte y luchadora, y un buen número de hermanos que ayudaron a forjar un futuro con dificultades, pero con inmensos retos.

Leerlo es conocer cada uno de las personas, momentos, y situaciones que lo formaron como ciudadano, como escritor y como hijo, ferviente admirador de su padre, el médico y profesor universitario Héctor Abad Gómez. Increíble la tolerancia de éste, la comprensión y el apoyo sin límites que le brindó a su familia. Ningún padre podría parecérsele. Ninguno con sus capacidades, su coraje frente a la adversidad y su entrega desmedida a una causa ajena a su condición social, pero cercana a su esencia de hombre con ideales de patria en sus venas.

Y también tuvimos que sufrir su angustia y su dolor a través de esta novela. La Colombia de antes, la de ahora y quizás la del futuro no merecen su sacrificio. Bajo su cielo, cargado de nubes negras, tejió una lucha contra la injusticia social y contra la violencia que muchas veces su hijo asemejó a “dar alaridos en el desierto”.  Nunca lo callaron  las desapariciones, las torturas, las protestas reprimidas con sangre, los secuestros y los asesinatos. Siempre luchó por una sociedad más justa, lejos de la pobreza y de la miseria, y por encontrar condiciones mínimas de subsistencia para los menos favorecidos. Su desmedido amor a la familia, al arte y a la justicia no fueron suficientes para cambiar esta historia. Conmovedora hasta las lágrimas. LVV 
“Son necesarios el conocimiento, la sabiduría y la bondad para enseñar a otros hombres”.
 
"Se justifica vivir si el mundo es un poco mejor, cuando uno muera, como resultado de su trabajo y esfuerzo”.
“Debemos trabajar para el presente y parael futuro, y esto nos traerá mayor goce que el disfrute de los bienes materiales. Saber que estamos contribuyendo a hacer un mundo mejor, debe ser la máxima de las aspiraciones humanas”. 
                                                  “… la única venganza, el único recuerdo, y también, la única posibilidad de olvido y de perdón, consiste en contar lo que pasó, y nada más”.

lunes, 18 de febrero de 2013

"ESTAMBUL Ciudad y recuerdos" de ORHAN PAMUK


Amor y desamor destila Pamuk a través de sus palabras en la novela ESTAMBUL. Todas sus vivencias y recuerdos ligados a esta ciudad que lo vio nacer, crecer y desarrollar su mundo juvenil están cargados de una sombra de tristeza y soledad, pero también de un afecto indescriptible por ella. Así, a través de la descripción de su hogar, su familia, sus amigos, su colegio y su entorno percibimos una sombra que lo envuelve con toda la riqueza que lo rodea y también con la pobreza y miseria que no lo dejan libre. Porque muchas personas, lugares y situaciones encuentran espacio a través de sus palabras, y es él quien les da el color y la textura que percibe de diferentes modos. Al final podemos decir que nos describe una ciudad llena de encanto y misterio, una ciudad para extranjeros que encuentran “exótico” su pasado, una ciudad que ve con amargura porque “le cuesta liberarse de su pobreza y su miseria”, una ciudad que acepta con “resignación y orgullo”, una ciudad oscura.



“¿Por qué amaba no los paisajes de Estambul que les gustan a los turistas y que se imprimen en las postales, todo sol y rosas, sino los callejones sombríos, las tardes, las frías noches de invierno, la gente medio en penumbra que apenas se aprecia bajo la pálida luz de las farolas y las imágenes de las calles adoquinadas que ya iba olvidando todo el mundo y la soledad de la ciudad?”



Orham Pamuk nace en una familia acomodada, con muchos rasgos de las otomanas estambulíes, y comparte su hogar con sus padres y su hermano mayor. Difícil para él competir con su hermano por el amor de su madre, y más aún por el cariño de su padre, un hombre “satisfecho con la vida y consigo mismo”, pero con frecuencia alejado del hogar. Contó con el cariño y la compañía de toda la familia Pamuk que habitaba el edificio del mismo nombre y también fue testigo de todas sus peleas y desavenencias. Muy protegido y cuidado por su madre y abuela quien dio a sus nietos el nombre de los sultanes de los años gloriosos de la fundación del Estado otomano. Compartió con él el gusto por la lectura y vaticinó que su nieto tendría algún día mucho éxito en la vida hasta lograr que “el nombre de la familia Pamuk se escuchara con respeto”. Por su parte, su madre -que fue su cómplice en su entrega desmedida a la pintura- vivió con temor su posible dedicación a este arte en el futuro e hizo votos para que terminara su carrera de arquitectura y se dedicara a ella o a otro negocio semejante. 



“Tú también sabes que en este país nadie puede ganarse la vida con sus cuadros. Tendrás que arrastrarte, te despreciarán, te humillarán y te pasarás la vida acomplejado, angustiado y lleno de suspicacias. ¿Te parece eso adecuado para alguien tan inteligente, guapo y lleno de vida como tú?”.




El gusto por el dibujo o “ese goce de crear algo de la nada” y que fuera aceptado por los suyos fue su primer contacto con el mundo creativo. Esa relación interminable con “el olor y la presencia del papel” y con una actividad que lo liberara del aburrimiento del presente y lo uniera a ese hábito placentero e infantil de refugiarse en la belleza de Estambul lo llevó a estar más cerca de su paisaje, del atractivo Bósforo con su embarcaciones, de sus calles y sus viejas mansiones. Los pintó y disfrutó de su trabajo. Más tarde y para sorpresa de todos fue cambiado ese placer por el de escribir. Un placer que termina regalándonos este bello retrato de su ciudad y de su vida en ella. LVV

domingo, 21 de octubre de 2012

30 AÑOS DE NUESTRO PREMIO NOBEL DE LITERATURA


Un jueves 21 de octubre de 1982, a sus 55 años, Gabriel García Márquez recibió la noticia del Premio Nobel en su casa y solo. Inmediatamente, sin poder asimilarla, corrió en búsqueda de su gran amigo Álvaro Mutis quien al verlo pálido y temblando le preguntó:
-¿Qué te pasa hermano?
-Necesito que me escondas en tu casa -murmuró el novelista.
-¿Y esa vaina? -se extrañó Mutis-. Ya sé: peleaste con Mercedes.
-Peor, hermano -dijo desconsolado García Márquez-. Me acaban de dar el Premio Nobel.

Este premio, que le cambiaría su vida, dejó a Gabo en casa de su amigo mientras asimilaba la noticia. Mes y medio más tarde recibía en Estocolmo el PREMIO NOBEL DE LITERATURA con un gran acompañamiento de compatriotas y vestido de un liquiliqui de lino blanco y una flor amarilla sobre su pecho. Extraña vestimenta que comulgó con su estilo de escritor latinoamericano creador de un universo propio, el mundo de Macondo –un pueblo inventado por él- donde se aglutina lo milagroso y lo real, la fantasía y los hechos concretos que nacen de un ámbito oprimido, víctima de numerosos vasallajes e incontables angustias y alucinaciones.


No era la primera vez que un escritor de este lado del planeta recibía este premio. Ya antes Gabriela Mistral (1945), Miguel Ángel Asturias (1967) y Pablo Neruda (1971) habían tenido esta oportunidad, pero no disponían de la cantidad de lectores y de la abundante crítica como nuestro Nobel. “Por primera vez se ha dado un premio literario justo” fueron las palabras de Juan Rulfo, mientras Jorge Luis Borges hacía alusión a una de las obras más grandes de todos los tiempos: Cien años de soledad. Por su parte, la Academia Sueca daba su reconocimiento a su fecunda obra que exhibía “un compromiso político del lado de los pobres y débiles contra la opresión nacional y la explotación extranjera en América Latina” y en especial hacía alusión a la mencionada novela que ha tenido millones de ejemplares en muchos idiomas. 

Este colombiano galardonado con el premio más famoso de la literatura nos suscitó lágrimas y sonrisas y cambió para siempre la historia y la cultura de América Latina. A los 17 años descubrió que iba a ser escritor cuando Kafka quien contaba cosas semejantes a las de su abuela narró en su Metamorfosis hechos semejantes a lo que él quería expresar. Actualmente, a sus 85 años, hay rumores sobre su estado de salud que parece afectado por un proceso demencial. Sus amigos y fieles lectores nos contentamos con saber que sus letras y su talento creativo quedarán por siempre inmersos en esta realidad fantástica donde navega su universo literario, realmente único.




"La novela hispanoamericana no salió verdaderamente al mundo hasta pasada la segunda mitad de la década de los sesenta, a partir del triunfo escandalosamente sin precedentes de Cien años de soledad”. José Donoso

viernes, 28 de septiembre de 2012

PERSONAS SOLAS, SIN MIEDO A LA SOLEDAD


La mayoría de las personas que viven solas, hoy en día, lo hacen por convicción y porque les gusta, no como única opción o por necesidad. De manera que el problema de estar solo y aislado pasa a un segundo plano. Quienes lo hacen entran al grupo que ya posee una marca de distinción pues esta decisión muestra a personas satisfechas de la vida, sin ataduras, que lo tienen todo y pueden pagar esta forma de vivir. Es así como la independencia económica pospone y aleja los planes de matrimonio, que ya no son prioritarios y centran su interés en cultivar el espacio individual.

La sociedad de consumo les da las herramientas para aprender a manejar su soledad pues no dejan de asistir a clases semanales, ir a los cursos de su interés y a las conferencias sobre todos los temas que se programan, y tener todo lo que necesitan a la vuelta de la esquina (lavandería, restaurante, tienda, café, gimnasio, centros comerciales...). Además estas personas llevan una vida social activa que no interfiere con su espacio individual. Van al trabajo, acuden a reuniones sociales, frecuentan los chats, tienen sus blogs, intercambian ideas a través de cualquier medio y sobre todo, tienen el espacio para sumergirse en sí mismas. Consideran que vivir solas las provee de una especie de "soledad restaurativa" y comienzan a ser felices en la búsqueda de la reconexión con ellas mismas. Ven en la soledad a su mejor compañía. 

jueves, 30 de agosto de 2012

UN POETA DE LA PAZ Y DEL AMOR: FERNANDO MEJÍA MEJÍA

Desde el 27 de abril, se cumplieron 25 años de la muerte de este poeta caldense, nacido en Salamina. Sus biógrafos hablan de él como de un hombre transparente, tímido, cuidadoso de su proceder y concentrado en la lectura y el trabajo. Fue primo segundo de Álvaro Mutis y con él tuvo una estrecha correspondencia que lo llenó de nostalgias familiares, de recuerdos de su tierra y sobre todo de poemas. Admirado por Neruda con quien pudo departir un buen tiempo de su visita a Manizales y quien le expresó: "La poesía es siempre un acto de paz". Puede decirse que este poeta le cantó a la paz; también al encanto, al desencanto y al amor.

PAZ

Paz es tener el pan sobre la mesa
y el lecho tibio hasta la madrugada;
paz es tener la voz esperanzada
en todo lo que acaba y lo que empieza.

Paz es tener en todo la certeza
y la palabra desamordazada;
paz es tener la vida desbordada
sobre el amor, la lumbre y la belleza.

Paz es tener la libertad segura,
sabiendo que en los campos el labriego
tiene la vida; ¡no la sepultura!

Paz es tener la patria liberada
del hambre, el crimen y el desasosiego,
y sólo por el pueblo custodiada.

Manizales, junio 14 de 1978

jueves, 10 de mayo de 2012

EL RUIDO DE LAS COSAS AL CAER de Juan Gabriel Vásquez

"Hay un ruido que no logro, que nunca he logrado identificar: un ruido que no es humano o es más que humano, el ruido de las vidas que se extinguen pero también el ruido de los materiales que se rompen. Es el ruido de las cosas al caer desde la altura, un ruido interrumpido y por lo mismo eterno, un ruido que no termina nunca, que sigue sonando en mi cabeza desde esa tarde y no da señales de querer irse, que está siempre suspendido en mi memoria, colgado en ella como una toalla en su percha".
Es dura la mirada de los ausentes y más dura aún cuando su muerte ha estado acompañada de un ruido que es difícil borrar de la memoria. Porque cuando las cosas caen y producen la destrucción final sólo queda la terrible sensación de ese instante que busca una explicación para atar los recuerdos e intentar sobrevivir, así duela, así cueste seguir adelante. Y hay que hacerlo, pues a pesar de las señales de tristeza y destrucción, queda aún una esperanza en quienes sobreviven.
Eso es lo que hace Antonio Yammara, un profesor de Derecho, que debe abandonar a su compañera e hija, para seguir la historia de Ricardo Laverde. Una historia que le dejó huellas profundas, en su alma y en su cuerpo, pues compartió con él la tragedia de su asesinato. Por eso le resulta imposible negarse al llamado de Maya Fritts, la hija de Laverde y de Elena Fritts, para recoger los recuerdos de ambos y armar la historia completa de esta familia, marcada por la violencia del narcotráfico de los años 80 y 90 en Colombia. Muchas imágenes se hacen presentes, desde la llegada de Elena Fritts a Bogotá como integrante de los Cuerpos de Paz en 1968 hasta su matrimonio y trabajo en La Dorada a donde llegó a prestar sus servicios a la comunidad del Valle del Magdalena. Allí nació Maya Fritts y allí llegó con frecuencia su padre, Ricardo Laverde, un hábil piloto de aviones Cessna que logró hacerse rico con el negocio de la marihuana. No cuesta imaginar el final de esta tarea en manos de agentes de la DEA, aunque es difícil pensar en el rumbo de esta familia que termina desintegrada; con una madre volando desde el extranjero para reencontrarse con quien fue su esposo hace más de 19 años, con un expresidiario que anhela infinitamente este encuentro, y con una hija solitaria que intenta armar su verdadera historia. Y es Antonio su única ayuda, un habitante bogotano perteneciente a esta generación sin nombre, quien debe dar vía libre a las vivencias que condicionaron buena parte de la población colombiana y que dejaron un sabor amargo en la historia del país.

Quienes recordamos esta época dolorosa del narcotráfico, que marcó a toda una generación y fue seguida por otros males que continúan desangrando nuestra patria, entendemos el miedo, la desolación y la asfixia que dejó sin aire a muchos colombianos que debieron sobreponerse para continuar su rumbo. Así parezcan extraños como la imagen repetida del hipopótamo en la hacienda Nápoles muchos años después, así repitan su duelo con la grabación de la caja negra del American Airlines cuando choca contra el cerro El Diluvio en 1996, así sigan sonando en la memoria nombres inolvidables de la historia del país que fueron sacrificados sin piedad por el más grande narcotraficante de todos los tiempos. Duele contarlo, pero valió la pena hacerlo como lo hace Juan Gabriel Vásquez. Una novela a base de recuerdos, para producir menos dolor, y con una excelente composición hecha por una mano maestra que la hizo merecedora al honroso premio Alfaguara 2010. LVV

“La experiencia, eso que llamamos experiencia, no es el inventario de nuestros dolores, sino la simpatía aprendida de los dolores ajenos”.
“Es dura la mirada de los ausentes”

miércoles, 7 de marzo de 2012

domingo, 4 de marzo de 2012

LA PUERTA de Magda Szabó

Resulta perturbador llegar a la puerta de quien nos impide acercarnos con una barrera saturada de dudas y prevenciones. Nada fácil penetrar en ese lugar que esconde con pudor una gran soledad y una vida llena de miseria. Es comprensible, entonces, no insistir para no dar paso a un dolor mayor. Sin embargo, como gatos sigilosos hemos podido emitir nuestro ronroneo al abrir y cerrar de esa puerta. Una puerta que por instantes y en medio del silencio imperceptible nos deja hoy al descubierto un nombre de mujer: EMERENC.

                   “Emerenc ejercía la bondad sin estar sujeta a disciplinas,
 despilfarraba su generosidad sin medida
y solo dejaba entrever su soledad a otros seres abandonados”.

“Emerenc no quería vivir más,
 porque entre todos habíamos derribado los soportes
que habían sostenido su existencia
y el aura mítica que la envolvía”.

¿Cómo no conocer su mundo? ¿Cómo no acercarnos a esta persona que durante 20 años sirvió en una casa de profesionales jóvenes en las afueras de Budapest? ¿Cómo no ser testigos de una vida de servicio a una comunidad que siempre confió en su ayuda, aún en medio de las limitaciones? ¿Cómo entender sus arrebatos de dominio, sus críticas desatadas, su extrema seriedad? Emerenc, aquella mujer que trabajó sin propinas y sin amistad con nadie; que amó a Viola, su perro y compartió con él todos sus secretos; que dio muestras de cariño a sus conocidos; que odió la lectura, la intelectualidad, la religiosidad, la burguesía; que soñó con reunir a toda su familia en una lujosa cripta; que se mostró incansable en sus labores diarias; que perdonó las ofensas amorosas de sus pretendientes; que se desvinculó de sus raíces familiares y siempre estuvo dispuesta a no abrirle la puerta a nadie. A nadie. Sólo a la escritora, a esa mujer valiente y generosa que supo ganarse su cariño y su confianza, a costa de callar y perdonar sus marcados enojos. Magda, Magduska, fue fiel a su promesa de guardar su secreto hasta que la enfermedad de Emerenc la llevó a traspasar ese umbral prohibido. Ya nada podrá salvarla de las acusaciones de Emerenc, ni del descubrimiento del estado indeseable de ella, ni mucho menos de sus propias culpas y remordimientos. Ahora solo queda cerrar la puerta e intentar digerir lo vivido. Muchos sentimientos contradictorios debemos soportar, pero valió la pena el esfuerzo por hacer frente a este duelo psicológico narrado en una prosa que atrapa y conquista. Todo un tratado sobre las  relaciones humanas y una búsqueda de acercamiento entre la intelectualidad y la sencillez, entre la rudeza y la ternura del amor, entre la realidad y la fantasía en la vida de la escritora Magda Szabó. LVV

"Toda relación afectiva nos hace vulnerables ante el sufrimiento
y cuanto más lazos de este tipo establezcamos en la vida,
más flancos débiles tenemos"
Schopenhauer

martes, 28 de febrero de 2012

sábado, 11 de febrero de 2012

EL CUENTO QUE NUNCA SE ESCRIBIÓ por Isidoro Blaisten

En una aldea de pescadores había un mentiroso. Todas las tardes, al crepúsculo, se iba a la orilla del mar, se quedaba sentado largas horas, a la noche, iba a la taberna y contaba lo que había visto. Entre cerveza y humo, los otros pescadores lo esperaban ansiosos. "¿Qué has visto hoy? Cuenta, cuenta". "Vi que desde el fondo del mar surgía una sirena." Otra noche contaba: "Su cola era tornasolada y su cabellera resplandeciente". Otra noche contaba que la sirena venía hacia él por una estela de oro. Los parroquianos reían. Una tarde, el hombre tardó más de lo acostumbrado. Bien entrado el crepúsculo, se había quedado mirando el mar. De pronto, el mar se abrió y por una estela de oro surgió una sirena de cola tornasolada y cabellera resplandeciente. El hombre se espantó. Quiso escapar pero la sirena le habló, lo tranquilizó con su voz, le acarició el pelo y suavemente desapareció. Esa noche, cuando el hombre fue a la taberna, los parroquianos le dijeron: "!Como has tardado! Cuéntanos, ¿qué has visto hoy? ¿Qué has visto?" Mirando para abajo, el hombre contestó: "Nada".

martes, 7 de febrero de 2012

JUVENTUD de J. M. Coetzee


“Puede que Londres sea glacial, laberíntica y fría, pero tras sus muros intimidatorios hombres y mujeres trabajan escribiendo libros, pintando cuadros, componiendo música”.

Así se acerca Coetzee a Londres esperando encontrar un lugar que lo aleje de Ciudad del Cabo y de su familia y por supuesto, que lo acerque a su sueño de consagrarse al arte. No quiere ataduras a su pasado ni nada que le recuerde a su país y a su madre; sin embargo siguen aferrados a él, como su más cruel realidad que se empeña en esconder. Intenta demostrar que “todo hombre es una isla que no necesita padres” y en ese intento transcurre su juventud. En Londres se muere de frío, de tristeza y soledad. Encuentra un trabajo que lo absorbe, dedicando la mayor parte de su tiempo a los computadores, lo que le roba todo su interés por la literatura, el cine, la pintura y la música. Así su deseo de crecer y de formarse como artista no encuentra salida, a pesar de sus intentos de escribir poesía y cuentos, de sus visitas a museos y teatros, y de sus variadas lecturas. Sueña también con encontrar a quien amar y las pocas mujeres que pasan por su vida no tocan su alma. En la búsqueda de una mujer perfecta, de una francesa soñada, solo encuentra momentos cargados de angustia y una parálisis en su trabajo. “¿Qué está haciendo en esta inmensa ciudad fría donde el mero hecho de seguir vivo significa mantenerse en tensión todo el tiempo, intentando no hundirse?” Difícil encontrar allí una luz clara que le arrebate su necesidad de sobrevivir, sus ataques de pánico, su temor al fracaso. El destino no llega aún, todavía tiene frente a él las páginas en blanco y es lejana la imagen de la mujer que anhela. Es un programador de 24 años y siente la urgencia de cambiar de trabajo para salvarse de la derrota. De lo contrario, su vida peligra.

Una obra íntima que nos acerca con dolor y, a veces, con desesperación a la vida de este personaje. También con admiración por sobrevivir a sus múltiples dificultades personales, sociales y políticas de las que fue víctima en un ambiente donde ser sudafricano blanco, africaneer y residenciado en Londres de los años 60 era de por sí un verdadero calvario. Así, junto con Infancia tenemos un buen conocimiento de la autobiografía de Coetzee, una confesión hecha en tercera persona que, de alguna manera, nos aleja de sí mismo, pero le da más libertad a su obra. LVV

“Como Pound y Eliot, tiene que estar preparado para soportar todo lo que la vida le tenga reservado, incluso si significa el exilio, la labor no reconocida o el oprobio.
 Y si no supera el supremo examen del arte,
 si resulta que después de todo no está bendecido con el don,
también tiene que estar preparado para soportar eso:
el veredicto irrevocable de la historia, el destino de ser,
pese a todos los sufrimientos presentes y futuros, un artista menor.
Muchos son los llamados y pocos los elegidos”.